Día 11: Gili a Ulu Watu
Antes de entrar en lo que fue el día 11 en sí, hay que hacer una pequeña mención a la full moon party a la que fuimos en Gili Trawangan el día de la última actualización del blog. Lo cierto es que el día anterior ya salimos con bastante intensidad (divinos eufemismos) y visto que al día siguiente había que levantarse pronto decidimos hacer un mero acto de presencia si bien no nos pareció que fuera el mejor día para salir de fiesta a fondo. Dicho esto, esa fiesta congregó a la immensa mayoría de personal de menos de 30 años de la isla (y a varios de los mayores también) en lo que ciertamente era una fiesta bastante bien montada. La música, que todo sea dicho, degeneró demasiado rápido de temazos dance a tecno demasiado duro (para los nacidos antes del 70, de cosas con ritmo y más bailables, a chumba chumba del duro) pronosticaba una buena fiesta y la performance que se montó alrededor de todo el ambiente era sin duda bastnte espectacular (shows con fuego, una hoguera que no vimos encenderse pero que no debió tener nada que envidiar a las de san Juan, un pequeño espectáculo de break dance...) vamos, que sería una vez al mes, pero estaba bien la historia. Sea como sea, estuvimos un ratillo por allí charlando y tomando algo por la playa hasta que decidimos que si no íbamos con el resto de la fiesta, mejor retirarse a tiempo para no estar destruidos al día siguiente.
Y ahora sí, día 11.
El día 11 acabó relativamente bien, pero empezó con ciertas importantes dificultades. Como comenté en el último post, el myfriend de Lombok family (recordad este nombre, se puede añadir a la lista de agencias a boicotear debajo de ryanair) nos vendió también una vuelta abierta de Gili a Bali con uan fast boat (ciertamente mucho más rápida que el ferri con el añadido que nos evitaba los ratos de bus muertos entre puerto y ciudad). Cuestión, que el día antes le llamamos para decirle que al día siguiente queremos coger la barca, el tío dice que amen a todo y nosotros más tranquilos que nadie. Eso sí, a las 8:45 o así nos personamos en la agencia desde donde salía la barca para que nos canjearan nuestro ticket por el de la barca y el tipo sentado en la mesa antediendo a los pasajeros nos mira (otra vez) con cara de desolación infinita mientras contiene la risa (es una experiencia verdaderamente curiosa) y nos dice que sintiéndolo en el fondo del alma el barco está lleno y que, si queremos, nos puede dar uno a las 15. Cierto es que la alternativa no era tan dramática como en otras ocasiones (léase Bromo) pero la perspectiva de esperar con las mochilas 6 horas en gili y sobre todo la ya conocida sensación de que nos habían metido un gol por la escuadra pudo con nosotros. Así que empezamos a mover Roma con Santiago, hablamos con el myfriend de Lombok Family (recordad, boicot) le dijimos de todo, nos inventamos que teníamos un vuelo desde Bali a media tarde a ver si servía de algo pero no hubo manera. Al final, hubo milagro (hay divergencia de opiniones en cuanto a si fue milagro o fue simplemente que ya lo tenían planeado así, para mí que hubo milagro). Se conoce que el amigo, desconocedor del poder de un ordenador o como mínimo sin ningún tipo de ganas de incorporarlo a su día a día (a diferencia de su blackberry) llevaba la cuenta de pasajeros de cada barco mediante una serie de listas en las que las diferentes agencias le indicaban cuánta gente iba a ir de su parte. Ya sea porque la full moon party se alargó más de la cuenta, porque alguien la lió, o porque ya lo hacen así de por sí para tener plazas libres pero un grupo de 11 personas decidió no presentarse a la hora a la que debían para coger el barco, cosa que por supuesto nosotros aprovechamos como unos campeones para no sólo coger los últimos billetes que quedaban sino también subir de los primeros al barco (un buen movimiento por el flanco siempre es una garantía de éxito) y tener unos asientos más que razonables en una zona no demasiado afectada por los vaivenes del mar (que por cierto, estaba bastante picado).
Cuestión, que un par de horas más tarde llegábamos a Padang Bay donde (otra vez) milagrosamente conseguimos que alguien nos acogiera en un minibus de esos que a estas alturas ya nos parece de un lujo asiático y nos llevara en principio hasta Nusa Dua (el sitio donde en realidad pensábamos que nos iba a llevar el barco, malentendido cortesía del amigo de Lombok Family) y aquí, sí, lo reconocemos, se nos hicieron las 4 de la tarde, no habíamos comido nada desde el desayuno a las 8 y caímos, y encontramos nuestra salvación en forma de McDonalds. Después de sudar la gota gorda en el minivan, de volvernos a jugar la vida en cada adelantamiento, de llegar muertos a hambre y sin ningún tipo de idea de dónde íbamos a dormir esa noche más que una reseña de dos líneas a media columna de la lonely planet, el amigo Ronald McDonald nos salvó la vida: aire acondicionado, bebidas frías, una hamburguesa para llenar el estómago y un wifi para intentar buscar alojamiento era todo lo que necesitábamos. Y después de esta pausa escénica para reponer fuerzas a la americana ya nos fuimos a buscar un taxi que nos llevara hasta nuestro primer intento de hotel, el amigo del Thomas Hostel (por favor, recordar este nombre, a éste hay que volver y recomendar porque es un sitio increíble). Nada más llegar, tuvimos un diálogo tendiendo a surrealista: entramos, encontramos al myfriend, preguntamos si tiene habitaciones, nos responde a la gallega, con otra pregunta, que para cuántas noches, y al contestar que no estamos seguros nos dice que está desolado pero que esta noche no, aunque mañana sí. Pues nada, paciencia y una caña. Nos volvemos al taxi y enfilamos al sigueinte hotel homestay más cercano, también conocido como emma. No hace falta volver nunca más al emma. Una cama cutre y vieja, sin sábanas ni más muebles que la puerta que separa el baño y la cama en sí dormimos allí como podríamos haber dormido en cualquier otro sitio. El problema es que ya estábamos en una zona donde no hay núcleos urbanos sino pequeñas casitas a ambos lados de la carretera con lo que nos conformamos con eso y pensamos que al día sigueitne ya volveríamos al thomas. En el emma conocimos a unos franceses que, en resumen, eran la alegría de la huerta. Les preguntamos un poco por encima que qué podíamos hacer en un sitio como aquél a las 5 de la tarde y entre je ne sais pas y cuatro historias más nos acabaron resumiendo que, si no eras surfero, más bien poco. Anyway, como siempre, nos las apañamos.
Ahora el amigo Thomas se merece una pequeña descripción de su chiringuito porque, aunque pueda resultar complicado de contar con palabras, vamos a intentarlo. El homestay se encuentra al final de un caminito de unos 300m de tierra que se aparta de la carreterilla "principal". Al llegar, unos gallos y un perro-patada dan la bienvenida cacareando-ladrando en función de la especie. Una pequeña bajada y sorpresa. Un comedor con tres mesas y una barra que dan justo al mar, a unos 50 metros de altura. La vista es impagable y la idea de poner una pequeña barra justo delante de la "ventana" (ventana porque tenía un marco, pero ni cristal ni historias) es simplemente perfecta. Para mí, y creo que para todos, sin duda el mejor homestay donde hemos estado y una de las mejores escenas que hemos tenido delante. El chiringuito lo lleva el amigo Thomas (como es normal) y su familia: su mujer a los mandos de los fogones y las negociaciones de precios y sus tres hijos, que hacen un poco de todo y un poco de nada. Es uno de esos sitios de los que uno no puede dejar de preguntarse cuánto más van a durar, estando en la situación privilegiada en la que están y rodeados de resorts 5 estrellas everything included.
Sea como sea, las habitaciones se encuentran a dos niveles: el de la "recepción" y otro a medio camino de unas escaleras que se despeñan hasta la playa donde nos alojamos nosotros las dos siguientes noches. Las escaleras (con unos peldaños que dan la sensación de estar subiendo escalones de dos en dos) acaban llevando a una playa literalmente desierta. Cualquiera que quiera llegar tiene que pasar por las escaleras de thomas o llegar en barca y lo único que se encuentra son unas pequeñas cabañas de pescadores en las que en ningún momento hemos visto actividad. En nuestro caso, llegamos con la marea ya muy baja y nos conformamos con dar un buen paseo y contemplar una puesta de sol fantástica hasta que una nube adquirió más protagonismo del que le tocaba y chafó el número final pero que sin duda valió mucho la pena.
Al volver, ya casi de noche, estuvimos tomando una cerveza en la terraza esta maravillosa en la que pudimos contemplar como salía la luna y la marea recuperaba parte de lo perdido y donde acabamos cenando y conociendo a otro de los personajes de este mundo que uno se encuentra viajando. Gonzalo, un granadino surfero de treinta y largos con bastantes historias a las espaldas y una manera de hablar como mínimo curiosa (parecía medir mucho las palabras y estar muy atento a lo que decíamos pero creo que no lo vimos reirse ni una vez en toda la cena) nos contó varios de los proyectos que lleva en Marbella, sus dificultades para luchar contra la burocracia y algunos comentarios muy por encima del mundo del surf (él es una de esas personas que viaja simplemente para hacer surf) a cambio de un poco de reciprocidad por nuestra parte y poca cosa más. Un tipo sin duda curioso. Una vez cenado, y ya plenamente integrados en el horario local, nos acabamos yendo a dormir a eso de unas tempranas 10:30-11 de la noche pensando en lo bien que íbamos a estar al día siguiente en casa de los thomas (especialmente en comparación con el cuchitril al lado de la carretera en el que nos tocó dormir ese día...). El momento curioso fue cuando la mujer de thomas, después de cenar, nos dijo si nos queríamos quedar a dormir. WTF? Supusimos que a las 5 la mujer tenía la esperanza que alguien entrara pidiendo habitación para un mes (eso sí que son esperanzas y no las de la lotería de navidad) y por eso prefirió no darnos a priori para esa noche pero vaya jugada más rara...
Día 12: Ulu Watu
Al despertar, como nuestra querida emma por no tener, no tenía (ni añado, quería tener) desayuno incluído en su fantástico resort a pie de carretera, nos movimos rápidamente hacia el Thomas para hacer la mudanza y de paso, desayunar algo con cara y ojos. Estuvimos un ratillo por allí hasta que nos acondicionó un par de habitaciones en las que serían nuestras suites con vistas al mar los próximos dos amaneceres y nos alquilamos unas motos para volver a recorrer Bali casco en mano. Como he comentado antes, esta parte de Bali era territorio surfero 100% y no diremos que erámos como un pulpo en un garaje, pero lo cierto es que nuestras pintas de no-surferos se veían a la milla. En cualquier caso, nosotros fuimos en búsqueda de una playa molondi, y la encontramos. Y cuando no tienes ni idea de dónde están las playas chulas, la manera de encontrarlas es bastante más fácil de lo que parece: encuentra a alguien con pinta de saber a dónde va, y síguelo a ver si se confirma que lo sabe. Dicho y hecho, una furgoneta con cinco tablas de surf en el techo y un rótulo enorme de "Bali surf school" nos sirvió de guía hasta la playa de Balangan. Suena exótico, pero teniendo en cuenta que las tres playas consecutivas se llamaban: Dreamland, los imposibles, y Balangan igual acabamos en la menos molondi.
En cualquier caso, nos encontramos con una playa espectacular, llena de surferos buscando unas olas que, para que negarlo estos días no han sido las mayores de la historia, y con unos cuantos chiringuitos dispuestos a venderte lo que te haga falta para convertirte en el surfero más molón de Bali. Nos apalancamos un rato y, al notar que estábamos cercanos a la evaporación decidimos alquilarnos un body board para jugar un rato con las olas y hacer un poco el tonto (y sí, para sentirnos un poco más integrados en el ambiente surfero molondi).
Jugamos un rato, vimos como volvía a bajar la marea dejando al descubierto otra vez metros de roca e impidiendo hacer mucho más surf por hoy. Vuelta al hotel y motos hacia la única actividad más o menos cultural de estos días: visita al templo de Ulu Watu. El templo se levanta sobre unos importantes acantilados y es sin duda un sitio fantástico para ver otra puesta de sol de ensueño. hasta que vuelve a aparecer una nube a tocar las narices. El templo en sí no es especialmente grande, más que nada tiene un senderito al filo del acantilado desde donde hay unas vistas increíbles y donde unos simpáticos monitos con tendencias cleptómanas van apareciendo y correteando por todos lados.
Al hacerse otra vez de noche, decidimos enfilar retirada y volver al Thomas para cenar allí, jugar un rato a cartas y volver a acostarnos a una hora rallando el horario local.
Día 13: Ulu Watu
Y por fin, el despertar soñado en Thomas. Sin tiempo para quitarnos las legañas, un baño fantástico y nadar un ratito en medio de la marea alta (es decir, con un fondo de arena mucho más agradecido con nuestros pies. Y, después de otra ascensión por las infinitas escaleras, un gran desayuno entre pecho y espalda antes de empezar el día.
El día fue un poco una copia del anterior: fuimos buscando playas chulas donde pasar el rato y darnos unos buenos baños (en este caso estuvimos en Padang-padang y Benging, otra vez ni imposibles ni dreamland) y tras comernos un plato de noodles infinito en un chiringuito con otras vistas espectaculares sobre la playa, enfilamos hacia el hotel para echarnos una siestecita y coger las motos para ir hacia Jimbaran, un pueblecido de pescadores del que nos habían hablado bastnte bien. Lo cierto es que por la mañana nos hubiera gustado hacer (o como mínimo intentar, o como mínimo hacernos la foto intentando) un poco de surf, pero visto que hemos coincidido con la peor semana de la historia en cuanto a olas y que tanto las clases com los alquileres eran bastante caros, al final optamos por dejarlo para el siguiente viaje. Eso sí, la nota curiosa del día la dejaron unos pescadores que llegaron a Padang-padang con una barca de las típicas típicas típicas cargados de pescado hasta arriba que luego vendieron simplemente poníéndose en el arcen de la carreterilla que pasaba por allí (de ahí entendimos el olor curioso que había en ciertas zonas de la playa así como la sorprendente abundancia de moscas...)
No es que seamos especialmente florecillas en cuanto al calor se refiere, menos estando en una playa, pero tanto en Padang-padang como en Benging hizo un calor infernal y la orientación que tan fantásticas puestas de sol ofrece resulta que se come cualquier sombra a medida que pasan las horas...
Por la tarde dimos el paseíto por Jimbaran y nos tomamos otra cervecilla disfutando de una playa infinita y una puesta de sol, otra vez, estropeada por la enésima nube. Igual no hemos acabado nunca de ver cómo se pone el sol en el mar, pero lo cierto es que las nubes dan mucho juego y los colores y las luces sin duda han valido la pena y han dejado grandes fotos.
Las coincidencias de la vida quisieron que por fin nos encontráramos a mi primo Carlos que también estaba por Indonesia dando un paseo y, justamente, fueron a cenar a Jimbaran a un sitio que ya conocían de un viaje anterior. Estuvimos un rato con ellos compartiendo anécdotas y riendo un rato de la idiosincrasia de la isla y sus isleños y finalmente nos separamos (ellos estaban durmiendo en Kuta, donde estamos hoy nosotros) mientras que nosotros teníamos que volver de vuelta al Thomas en sentido justamente opuesto.
Y bueno, no voy a contar lo que hemos estado haciendo hoy que así me quedan un par de días para escribir en el último capítulo. Mañana ya volamos hacia Jakarta para pasar unas horas de casi escala antes de volver a pegarnos la paliza de aviones y cerrar la aventurilla hasta el año que viene. Así que de momento y salvo sorpresa esta es la última entrada del blog desde indonesia!
Espero que todo vaya muy bien!
Un abrazo!
Jordi

No hay comentarios:
Publicar un comentario